Allí
estaba ella, radiante y sentada en las escaleras de la vieja biblioteca, rodeada
de amigas escuchando la historia que contaba una de ellas. Entre sonoras risas, pude esbozar su sonrisa, que aunque tímida, destacaba de todas las demás igual que la estrella polar.
No es la primera vez que veo esa sonrisa, ya la había visto en los niños esperando probar su primer helado en verano. De vainilla, chocolate, fresa o nata, si te digo la verdad a mi me da lo mismo. Todos los helados son igual de dulces en verano.
Aquel dia pasé por su
lado como el hombre invisible, como los ciclistas del paseo marítimo de mi
ciudad, y me bastaron pocos segundos para darme cuenta de que por culpa de esos
hoyuelos, conciliar el sueño no iba a ser fácil esa noche. Huyo de toda exageración no se equivoquen. Hiperbolizar no es gratuito. Aquella sonrisa era la mejor amiga de soñadores sin inspiración, mendigos de musas, y otros buscadores de oro. Pensé demasiado en ella, temiendo que me pudiese llevar a la
locura, o peor aún, convertirme en eterno noctámbulo y no poder dormir, no poder soñar.
Seguí mi camino, y ella siguio sonriendo ajena al resto de viandantes. Entonces en silencio, me enamoré
un poco más.
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