Y pensándolo bien, me conformo con menos...






lunes, 7 de junio de 2010

Gotas (II)


Te contaba ayer que en Santander, en un viejo albergue cerca de la playa del Sardinero, nació una gota junto al grifo oxidado del servicio de caballeros. Sin nombre y apellidos. Cuando tuvo la edad suficiente se marchó por el Cantábrico en busca de la felicidad.

El mar es muy extenso, existen infinitas alternativas y es fácil equivocarse de camino. No son pocas las gotas que se tiran toda una vida buscando la felicidad entre infinitas posibilidades, algunas incluso acaban perdiendo la cabeza. Otras ingenuas se creen felices junto a un vago espejismo que acaba ahogándolas. Cruel paradójico final para una gota.  El océano es cruel para los ilusos, y siempre es cuestión de tiempo que  se acabe descubriendo la gran estafa. La probabilidad no pierde el tiempo. 

Pero mi gota del Norte buscó en glaciares, preguntó en lagos, se infiltro en manantiales de agua dulce, y hasta se lanzó en caída libre en más de una cascada. Merecía la pena encontrarla, sudar la camiseta, tirarse al barro. Y de repente tropezaron. En un primer momento, miedo; y al instante, pasión crónica. Quién os salvará de tal complejo remolino. 

Ahora sois una sola gota. Todas las noches decidido provocáis ciclogénesis explosivas. Estáis de moda, discutís, os declarais la guerra, firmais acuerdos de paz, y percibis que la suerte, esta vez, os ha tratado bien. No os canseis de agradecer al azar, destino o karma, que vuestros caminos se cruzaran aquella fria mañana de tormenta.

Porque las gotas nacen, buscan incansables, y nunca mueren. Infravalorada, la casualidad nos da lo que las gotas se tiran toda un vida buscando, nos da casi siempre "lo que nunca se nos hubiera ocurrido pedir".

Seguí charlando con mi perro, hablando de todo y cansados de no hacer nada. Fuera llovía. Las gotas entraron  en escena.

(Parte 2)

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