Te contaba ayer que en Santander, en un viejo albergue cerca de
la playa del Sardinero, nació una gota junto al grifo oxidado del servicio de
caballeros. Sin nombre y apellidos. Cuando tuvo la edad suficiente se marchó
por el Cantábrico en busca de la felicidad.
Ahora sois una sola gota. Todas las noches decidido provocáis ciclogénesis explosivas. Estáis de moda, discutís, os declarais la guerra, firmais acuerdos de paz, y percibis que la suerte, esta vez, os ha tratado bien. No os canseis de agradecer al azar, destino o karma, que vuestros caminos se cruzaran aquella fria mañana de tormenta.
Porque las gotas nacen, buscan incansables, y nunca mueren. Infravalorada, la casualidad nos da lo que las gotas se tiran toda un vida buscando, nos da casi siempre "lo que nunca se nos hubiera ocurrido pedir".
Seguí charlando con
mi perro, hablando de todo y cansados de no hacer nada. Fuera llovía. Las gotas
entraron en escena.
(Parte 2)
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