"¡Cosa curiosa! El primer síntoma del amor en un joven, es la
timidez; en una joven, es la audacia." Victor Hugo
Conozco una señorita que no regala credibilidad a los que escriben, de palabras bonitas no se vive. Y tiene toda la razón. Yo siempre trate de colocarlas con minucioso cuidado, sin hacer mucho ruido, pero ahora han perdido cierto sentido. Como un ladrón detenido por malvivir del cuento, atrapado en la escena del crimen sin posibilidad de coartada.
'Confesaré la verdad. Nosotros, ustedes, los que intentamos escribir de vez en cuando, adoramos la palabrería. En mi caso abusé de esconderme detrás de las letras, de la hospitalidad de las frases, de pedir asilo político a los verbos de la primera conjugación. He pecado quizá vistiendo la palabra timidez, que tal vez si se quedara desnuda se llamaría cobardía.
Ella, señorita y musa mayúscula, me ha enseñado que es peligroso jugar con teclas, lapices y bolígrafos. Combinación peligrosa, capaz de incrustarse pegajosa en tu mente, capaz de ganar o perder tiempo.
Y mis buenas intenciones acaban bailando con el viento.
Escribiendo consumí demasiadas dosis de vergüenza.
Los
domingos cuando empieza a anochecer somos los tipos más aburridos. Siempre escribimos sobre lo mismo, desamor en cucharadas
grandes, amores tremendistas no correspondidos, tragicomedias de besos talibanes, soledades merecidas, incansables ojalas, mujeres de bandera, mujeres que no existen. Las mismas heridas, las mismas cicatrices de agacharnos, de
escondernos.
Bostezo sonoro; el anfiteatro empieza a vaciarse.
"Yo
le quería decir la verdad por amarga que fuera, contarle que el universo era
más ancho que sus caderas, yo le pintaba un mundo real y no uno color de rosa,
pero ella prefería escuchar… mentiras piadosas".
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