Esto
no lo he escrito yo, lo he sacado de un libro de John Kennedy Toole
"...Clyde me obligó a probármelo en
el garaje. El traje, claro está, había sido confeccionado según las medidas de
las constitución tuberculosa y subdesarrollada del antiguo vendedor, y pese a
los muchos tirones, inhalaciones y esfuerzos, fue imposible encerrar en el mi
cuerpo musculoso. Hubo que llegar en consecuencia, a una especie de compromiso.
Até en mi gorra el pañuelo pirata de satén rojo,. Me atornille ene lóbulo
izquierdo el pendiente dorado, una versión grandes almacenes. Fije el sable
negro de plástico al costado de mi ropón blanco de vendedor con un imperdible.
Un pirata muy poco impresionante, dirán los lectores. Sin embargo, cuando me
contemplé en el espejo hube de admitir que tenia un aspecto sobrecogedor y
dramático. Blandiendo el sable de plástico hacia Clyde grité "¡Salid a la
pasarela, almirante, es un motín!". Esto, debería haberme dado cuenta, fue
demasiado para su mentalidad literal y salchichesca. Se astuto muchísimo y
procedió a atacarme con su tenedor, como un chuzo. Evolucionamos por el garaje
como dos espadachines en una película histórica particularmente inepta, durante
unos instantes, tenedor y sable repiqueteando uno contra otro demencialmente.
Dándome cuenta de que mi arma de plástico no podía igualar a un largo tenedor
esgrimido por un matusalén alucinado,
comprendiendo que estaba despertando los peores instintos de Clyde intenté
poner fin a aquel pequeño duelo. Pronuncié palabras pacificadoras, rogué, me
rendí por ultimo. Aun así, Clyde seguían asediándome, mi disfraz de pirata le
parecía tan perfecto que al parecer le había convencido de que habíamos vuelto
a los tiempos dorados de la vieja Nueva Orleans romántica cuando los caballeros
decidían las cuestiones de honor salchichesco a veinte paso. Fue entonces
cuando se encendió una luz en mi mente compleja. Sé que Clyde intentaba, en
realidad, matarme. Habría sido una excusa perfecta: defensa propia. Me había
puesto en sus manos. Por suerte para mí, caí al suelo. Me había apoyado en uno
de los carros, perdí mi equilibrio, siempre precario, y me desplomé. Aunque me
di un golpe en el cabeza, bastante doloroso por cierto, contra el carro, grité
afablemente desde el suelo: "Ganasteis vos, caballero". Luego, en
silencio, rendí homenaje a la Fortuna Clemente que me había librado de morir trinchado
con un tenedor herrumbroso..."
Es
genial el humor absurdo cuando te pilla desprevenido.
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