Aquella noche antes de mi primer sueño y después de mi último
bostezo decidimos prometernos de forma aleatoria. Es difícil
escribir sobre probabilidad cuando el azar tomo sus decisiones más importantes.
Minimizo mi deseo de escribirte sin éxito. Andaba perdiendo el tiempo,
viajando sin rumbo fijo sobre el fino hilo de la rutina y de repente, surges nítida.
Como mi propio final de Seda de Baricco. Como en el final de una
película de los Coen, armada de confusión. Con tu vestido
blanco de verano. Eres veneno pero tu no
lo sabes. La culpa es mía por estar fuera de juego, por no venir a cuento.
Entristezco si te desvaneces y la culpa es mía, algún día
lo entenderé.
En mis pesadillas me susurras al oído que siempre
quisiste nacer en el sur, que tienes envidia de la sonrisa que tienen las niñas
cuando nacen allí. Y cuando cantan “hoy toca Raimundo en el cierre
de fiesta, y por eso está lleno de gitanas guapas…”, me besas, y te despides.
En mis pesadillas sigue siendo delito soñarte acariciar. Y cuando sucede, todo se
vuelve horizonte, amanece en un lago de agua salada, en el reflejo sonríes, “necesito un amor que no cueste
trabajo, para seguir de pie”, te
marchitas, y me despido.
He salido a pasear para olvidar tu firma rasgada similar a tu
mirada. Hacia frio en la sombra, he procurado evitar tu ruta y he caído en la
tentación. Los taxistas esperaban en tu avenida, las madres recogían a sus
hijos y como anochece mas temprano las farolas se iluminaban
apresuradas. El dueño de una tienda de telas cerraba antes, llegaba tarde a una
cita. Los autobuses estaban llenos y la biblioteca vacía. Alguien tarareaba
esa de Andres, “...el día que me quieras...”,
tal vez fuera yo, tal vez fuera el quiosquero.
La cafetería estaba apagada, había un chico leyendo un libro que jamás te
regalaré: “Todo lo que podíamos haber sido tu y yo si no fuéramos tu y yo”.
No te preocupes, me apetecía bailar un poco con el peligro, y no
encontraba pareja. Sin excusas vuelvo a mi habitación, a pensar como cambiar de
tema, a buscar excusas, mientras tanto, leo unos versos:
convicto de humedades imposibles
adicto al aquelarre del deseo
viudo de una nube de verano
perdido en una selva de imperdibles
sin más fe que el derecho al pataleo…”
Dulcismos;
los llamamos una vez.
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