Y pensándolo bien, me conformo con menos...






martes, 8 de noviembre de 2011

Textos Para El Tiempo Y La Distancia


Aquella noche antes de mi primer sueño y después de mi último bostezo decidimos prometernos de forma aleatoria. Es difícil escribir sobre probabilidad cuando el azar tomo sus decisiones más importantes.

Minimizo mi deseo de escribirte sin éxito. Andaba perdiendo el tiempo, viajando sin rumbo fijo sobre el fino hilo de la rutina y de repente, surges nítida. Como mi propio final de Seda de Baricco. Como en el final de una película de los Coen, armada de confusión. Con tu vestido blanco de verano. Eres veneno pero tu no  lo sabes. La culpa es mía por estar fuera de juego, por no venir a cuento. Entristezco si te desvaneces y la culpa es mía, algún día lo entenderé.

En mis pesadillas me susurras al oído que siempre quisiste nacer en el sur, que tienes envidia de la sonrisa que tienen las niñas cuando nacen allí. Y cuando cantan “hoy toca Raimundo en el cierre de fiesta, y por eso está lleno de gitanas guapas…”, me besas, y te despides.
En mis pesadillas sigue siendo delito soñarte acariciar. Y cuando sucede, todo se vuelve horizonte, amanece en un lago de agua salada, en el reflejo sonríes, “necesito un amor que no cueste trabajo, para seguir de pie”, te marchitas, y me despido.

He salido a pasear para olvidar tu firma rasgada similar a tu mirada. Hacia frio en la sombra, he procurado evitar tu ruta y he caído en la tentación. Los taxistas esperaban en tu avenida, las madres recogían a sus hijos y como anochece mas temprano las farolas se iluminaban apresuradas. El dueño de una tienda de telas cerraba antes, llegaba tarde a una cita. Los autobuses estaban llenos y la biblioteca vacía. Alguien tarareaba esa de Andres, “...el día que me quieras...”, tal vez fuera yo, tal vez fuera el quiosquero. La cafetería estaba apagada, había un chico leyendo un libro que jamás te regalaré: “Todo lo que podíamos haber sido tu y yo si no fuéramos tu y yo”.

No te preocupes, me apetecía bailar un poco con el peligro, y no encontraba pareja. Sin excusas vuelvo a mi habitación, a pensar como cambiar de tema, a buscar excusas, mientras tanto, leo unos versos:

“…y yo en un laberinto de secano
convicto de humedades imposibles
adicto al aquelarre del deseo
viudo de una nube de verano
perdido en una selva de imperdibles
sin más fe que el derecho al pataleo…”

Dulcismos; los llamamos una vez.

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