Y pensándolo bien, me conformo con menos...






lunes, 21 de noviembre de 2011

Dias Azules


Todavía hay días que me pregunto si fue el final o el principio de algo, y me hace más feliz pensar lo segundo; no conozco el motivo. Era otra época, no fue ni buena ni mala, simplemente pasó delante de nosotros y decidimos acogerla como una más, le dimos hogar, le dimos rutina. Fue intensa, fugaz, y es un alivio que podamos hablar en pasado, las pequeñas consecuencias inevitables avisaron previamente y dieron su fruto, gracias a ellas ahora podemos decir “seguimos vivos amigos”.
Tenemos suerte, porque veníamos con la lección aprendida supongo, fue la vida misma, las experiencias no religiosas, las caídas estrepitosas que vimos desde la primera fila que nos enseñaron a atarnos los cordones antes de salir a correr. Agradecidos a la suerte, no lamentamos heridos ni feas cicatrices.
Según quien mire aquella época pensará que ha pasado mucho tiempo desde la última vez, tal vez algunos renieguen de ella, y quizá habrá otros que ayer mismo todavía la vivían peligrosamente. No me gusta la premisa "los años pasan, y uno se hace mayor..." suelen acompañarla de nostalgia fácil y falsa veteranía. Fuimos flacos y famosos, y me siento orgulloso.
Yo lo recuerdo como una escena de película muda. Estábamos allí los que teníamos que estar, sin ataduras ni reloj en las muñecas, sentados sobre sillas de madera con la luna mirando, y en aquella maravillosa terraza tan bohemia. El principio de verano trajo consigo las primeras risas tontas, los primeros acordes de una guitarra que nadie sabía tocar, y que todos los allí presentes disfrutamos; yo os juro que sonaba a elegante blues.
Cuando irrumpían en la escena lo hacían con fuerza. Se alternaban entonces escenas en blanco y negro, rojos intensos, luces y sombras. Conversaciones inundadas de carcajadas que degeneraban cómicamente en manuales de instrucciones para arreglar el mundo, aun sabiendo que nuestra propia casa estaba patas arriba. Sin darnos cuenta cruzábamos el espacio sideral a bordo de naves conducidas por monos, y eso es un peligro aunque me niegues lo contrario. Sin miedos ni censuras a ningún tipo de dialogo. Nos reíamos de nuestra pésima sincronización, nos burlamos del mundo y seguramente no te salvaste ni tú de nuestras redes. Desvariábamos creyéndonos superhéroes, así como dioses de mitología griegos, reyes del mundo, auténticos Don Nadie, algo granujas por supuesto. Luego alguien cortaba sin avisar el paracaídas, acabábamos dando las buenas noches, gracias por todo, la cena estupenda, repetimos otro día, te ayudamos a recoger, y nos vamos.
Fue un periodo temporal caracterizado por noches de sábado y frases que no decían nada, por el libre albedrio verbal, de llegar a casa con el alma fresca y la mirada parcialmente nublada.
Las drogas duras nunca fueron nuestro estilo, y si lo fueron alguna vez, no han conseguido que escriba jamás una sola palabra sobre ellas. Insomnio, supongo. Y no hay un ojala, eso lo garantizo.

jueves, 10 de noviembre de 2011

Sombras


Era inútil, iba a alcanzarme de un momento a otro.
Incansable, me perseguía como presa fácil, como una leona joven jugando con una cría de gacela. Tarde o temprano me iba a cazar.
Corría con una espada de Damocles sobre mí, sentía la presión por detrás, el sudor frío  y la alternativa rendición a cada paso. Veía sombras a mis laterales, fugaces como luciérnagas en una noche sin luna.
Por mucho que me girara no veía nada. Eran invisibles. Oscuridad. De repente, un soplo de razón, de calma. Caer en la cuenta, y descubrir la verdad. Mi propia sombra, mi peor enemigo. El peor enemigo, mi propia sombra. 
*                *                 *

Asi que voy a guardar en un cofre los pequeños detalles. Empezando por tus mejillas y acabando por mi colección de pelotas de golf extraviadas.


martes, 8 de noviembre de 2011

Textos Para El Tiempo Y La Distancia


Aquella noche antes de mi primer sueño y después de mi último bostezo decidimos prometernos de forma aleatoria. Es difícil escribir sobre probabilidad cuando el azar tomo sus decisiones más importantes.

Minimizo mi deseo de escribirte sin éxito. Andaba perdiendo el tiempo, viajando sin rumbo fijo sobre el fino hilo de la rutina y de repente, surges nítida. Como mi propio final de Seda de Baricco. Como en el final de una película de los Coen, armada de confusión. Con tu vestido blanco de verano. Eres veneno pero tu no  lo sabes. La culpa es mía por estar fuera de juego, por no venir a cuento. Entristezco si te desvaneces y la culpa es mía, algún día lo entenderé.

En mis pesadillas me susurras al oído que siempre quisiste nacer en el sur, que tienes envidia de la sonrisa que tienen las niñas cuando nacen allí. Y cuando cantan “hoy toca Raimundo en el cierre de fiesta, y por eso está lleno de gitanas guapas…”, me besas, y te despides.
En mis pesadillas sigue siendo delito soñarte acariciar. Y cuando sucede, todo se vuelve horizonte, amanece en un lago de agua salada, en el reflejo sonríes, “necesito un amor que no cueste trabajo, para seguir de pie”, te marchitas, y me despido.

He salido a pasear para olvidar tu firma rasgada similar a tu mirada. Hacia frio en la sombra, he procurado evitar tu ruta y he caído en la tentación. Los taxistas esperaban en tu avenida, las madres recogían a sus hijos y como anochece mas temprano las farolas se iluminaban apresuradas. El dueño de una tienda de telas cerraba antes, llegaba tarde a una cita. Los autobuses estaban llenos y la biblioteca vacía. Alguien tarareaba esa de Andres, “...el día que me quieras...”, tal vez fuera yo, tal vez fuera el quiosquero. La cafetería estaba apagada, había un chico leyendo un libro que jamás te regalaré: “Todo lo que podíamos haber sido tu y yo si no fuéramos tu y yo”.

No te preocupes, me apetecía bailar un poco con el peligro, y no encontraba pareja. Sin excusas vuelvo a mi habitación, a pensar como cambiar de tema, a buscar excusas, mientras tanto, leo unos versos:

“…y yo en un laberinto de secano
convicto de humedades imposibles
adicto al aquelarre del deseo
viudo de una nube de verano
perdido en una selva de imperdibles
sin más fe que el derecho al pataleo…”

Dulcismos; los llamamos una vez.