Todavía hay días que me pregunto si fue el final o el principio de
algo, y me hace más feliz pensar lo segundo; no conozco el motivo. Era otra época, no
fue ni buena ni mala, simplemente pasó delante de nosotros y decidimos acogerla
como una más, le dimos hogar, le dimos rutina. Fue intensa, fugaz, y es un
alivio que podamos hablar en pasado, las pequeñas consecuencias inevitables avisaron previamente y dieron su
fruto, gracias a ellas ahora podemos decir “seguimos vivos amigos”.
Tenemos suerte, porque veníamos con la lección aprendida supongo,
fue la vida misma, las experiencias no religiosas, las caídas estrepitosas que
vimos desde la primera fila que nos enseñaron a atarnos los cordones antes de
salir a correr. Agradecidos a la suerte, no lamentamos heridos ni feas
cicatrices.
Según quien mire aquella época pensará que ha pasado mucho tiempo
desde la última vez, tal vez algunos renieguen de ella, y quizá habrá otros que
ayer mismo todavía la vivían peligrosamente. No me gusta la premisa "los años pasan, y uno se hace
mayor..." suelen acompañarla de nostalgia fácil y falsa veteranía. Fuimos flacos y famosos, y me siento orgulloso.
Yo lo recuerdo como una escena de película muda. Estábamos allí
los que teníamos que estar, sin ataduras ni reloj en las muñecas, sentados
sobre sillas de madera con la luna mirando, y en aquella maravillosa terraza
tan bohemia. El principio de verano trajo consigo las primeras risas tontas,
los primeros acordes de una guitarra que nadie sabía tocar, y que todos los
allí presentes disfrutamos; yo os juro que sonaba a elegante blues.
Cuando irrumpían en la escena lo hacían con fuerza. Se alternaban
entonces escenas en blanco y negro, rojos intensos, luces y sombras.
Conversaciones inundadas de carcajadas que degeneraban cómicamente en manuales
de instrucciones para arreglar el mundo, aun sabiendo que nuestra propia casa
estaba patas arriba. Sin darnos cuenta cruzábamos el espacio sideral a bordo de
naves conducidas por monos, y eso es un peligro aunque me niegues lo contrario.
Sin miedos ni censuras a ningún tipo de dialogo. Nos reíamos de nuestra pésima
sincronización, nos burlamos del mundo y seguramente no te salvaste ni tú de
nuestras redes. Desvariábamos creyéndonos superhéroes, así como dioses de
mitología griegos, reyes del mundo, auténticos Don Nadie, algo granujas por
supuesto. Luego alguien cortaba sin avisar el paracaídas, acabábamos dando las
buenas noches, gracias por todo, la cena estupenda, repetimos otro día, te
ayudamos a recoger, y nos vamos.
Fue un periodo temporal caracterizado por noches de sábado y
frases que no decían nada, por el libre albedrio verbal, de llegar a casa con
el alma fresca y la mirada parcialmente nublada.
Las drogas duras nunca fueron nuestro estilo, y si lo fueron
alguna vez, no han conseguido que escriba jamás una sola palabra sobre ellas.
Insomnio, supongo. Y no hay un ojala, eso lo garantizo.