Y pensándolo bien, me conformo con menos...






sábado, 17 de noviembre de 2012

La Reunión


Nunca he estado en un fumadero de opio pero gracias a Dios puedo imaginármelo, y eso me tranquiliza. Cuando no logro conciliar el sueño pienso que estoy en un fumadero de opio, atrapado entre el humo y los fantasmas, cumpliendo condena en un oasis en medio del gran desierto. 

Allí estábamos todos, no faltaba nadie. No había fotografías, sin pruebas ni prensa escrita, tampoco trucos baratos, pues ni éramos famosos ni teníamos nada interesante que anunciar, simplemente estábamos reunidos y eso era lo realmente importante. Estábamos juntos, buscando provocar una sinergia por encima de nuestras posibilidades, un arma de destrucción masiva capaz de destruir ese entorno estático que tanto tememos, asfixiante. Pretendíamos cambiar las reglas del juego, escapar del guion escrito, improvisar, actuar por instinto. Añorábamos la belleza de lo dinámico, la esencia, el sentido, y la pureza. Eternos peregrinos. Nuestra presencia aunque forzada e incómoda desde el principio, fue evolucionando como un gusano de seda, y a medida que trascurría el tiempo perdimos el miedo ganando confianza, peldaño a peldaño, sin prisas o amaneceres. 

La sala estaba poco iluminada, luces tenues y rojizas. Éramos almas perdidas pero no vacías, personas sedientas de experiencias con ganas de aprender como esponjas amarillas de ducha. Algunas solo esperaban el momento idóneo para dar esas lecciones que nunca pudieron permitirse impartir; otros simplemente escuchaban tímidos, observaban a su alrededor atentos a cada detalle, despertaban así de un largo sueño y amenazaban con provocar tormentas futuras. Era la hora del cambio, “crecer es aprender a despedirse”, recordó el más inocente en voz baja.



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