Nunca
he estado en un fumadero de opio pero gracias a Dios puedo imaginármelo, y eso
me tranquiliza. Cuando no logro conciliar el sueño pienso que estoy en un
fumadero de opio, atrapado entre el humo y los fantasmas, cumpliendo condena en
un oasis en medio del gran desierto.
Allí
estábamos todos, no faltaba nadie. No había fotografías, sin pruebas ni prensa
escrita, tampoco trucos baratos, pues ni éramos famosos ni teníamos nada
interesante que anunciar, simplemente estábamos reunidos y eso era lo realmente
importante. Estábamos juntos, buscando provocar una sinergia por encima de
nuestras posibilidades, un arma de destrucción masiva capaz de destruir ese
entorno estático que tanto tememos, asfixiante. Pretendíamos cambiar las reglas
del juego, escapar del guion escrito, improvisar, actuar por instinto.
Añorábamos la belleza de lo dinámico, la esencia, el sentido, y la pureza.
Eternos peregrinos. Nuestra presencia aunque forzada e incómoda desde el
principio, fue evolucionando como un gusano de seda, y a medida que trascurría el
tiempo perdimos el miedo ganando confianza, peldaño a peldaño, sin prisas o
amaneceres.
La
sala estaba poco iluminada, luces tenues y rojizas. Éramos almas perdidas pero
no vacías, personas sedientas de experiencias con ganas de aprender como
esponjas amarillas de ducha. Algunas solo esperaban el momento idóneo para dar
esas lecciones que nunca pudieron permitirse impartir; otros simplemente
escuchaban tímidos, observaban a su alrededor atentos a cada detalle, despertaban
así de un largo sueño y amenazaban con provocar tormentas futuras. Era la hora
del cambio, “crecer es aprender a despedirse”, recordó el más
inocente en voz baja.

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