"Ha llovido mucho desde entonces". Nunca entendí esta frase. Tampoco a la gente que la pronuncia de forma aleatoria o la utiliza de excusa. Como si
olvidar dependiese de la lluvia. Como si las gotas de agua no tuviesen otras
preocupaciones más importantes que ayudar a borrar los recuerdos. Detesto las
mentiras. No hacen de este mundo un lugar mejor. Le pese a quien le pese no hay
ninguna utilidad en ellas, por mucho que nos vistan de superhéroes a corto plazo. No pierdas tiempo tratando de convencerme ni te autoconvenzas con empeño. Es imposible cruzar el océano en un barco de papel por muy grande que este sea. Suelo acordarme
de un verso que enseña que “no se puede
vivir del recuerdo, ni vivir sin recordar”. Por suerte los días en Septiembre siguen su
curso natural. Me tranquiliza pensar que en alguna playa de Galicia ahora mismo comienza a llover. Pero
sin trucos. Sin malas intenciones. De forma sincera. Natural. Verdadero como
cuando sobre tu tripa dibujo con mis dedos húmedos el contorno de un ocho y siempre vuelvo al punto de origen. No hay ley física que explique este fenómeno así que seguramente será mejor que recordemos el mejor verano que
tuvimos. Cuando decidiste cambiar rutina por nudismo y te permitiste el lujo de
no pensar en nadie más. Solo ella.
Acumular demasiados pensamientos
acaba convirtiéndonos en nuestro peor enemigo. La nostalgia de los buenos
tiempos no es un baile fácil. Funciona como la peligrosa danza de una medusa en
alta mar. Se aprecia belleza en el vaivén de los tentáculos pero no te
acerques demasiado si no quieres que el veneno deje señal en tu piel morena por el sol. El sol ha
salido radiante esta mañana. Lastima que no tengamos edad para sorprendernos por este tipo de hechos. Por otra parte, me sorprende que no te hayas dado cuenta que no me canso de observar el dibujo que forman tus trenzas.
Fui feliz durmiendo a tu lado
aquella noche en la que se mezclaron de manera improvisada los sonidos más
adecuados. Fueron escogidos por el azar de manera minuciosa. La brisa del mar es
eterna y constante. Las noches de jazz de aquel club náutico se mezclaron con
el ritmo de tu respiración. Y mientras tú, escondida en tu rincón favorito de la
cama, dormías ajena al espectáculo. Y yo, abstracto
como un cuadro pintado bajo los efectos de ayahuasca, decidí arrancarte un
abrazo. Tocarte es la mejor manera de inmortalizar los momentos sin molestar.
El mejor sustituto del indiscreto flash de una cámara de fotos.
Julio Verne escribe en su novela “El
rayo Verde” sobre mi fenómeno óptico favorito. Inventa basándose en una leyenda
que cuando el sol
desaparece en el horizonte del mar, si dos personas lo contemplan
a la vez, quedan automáticamente enamoradas la una de la otra. Es exageradamente pegajoso y romántico para el
cotidiano triunfo del egoísmo. Excesivamente infantil creer en este tipo de historias
cuando es tendencia confundir sexo oral con saliva y alcohol. La divina comedia
para los que desde hace años escupen a placer sobre el concepto hacer
el amor convirtiéndolo, como escribio Joaquín, en sagrado derecho al pataleo. Terriblemente
ficticio para los que pretendemos ser creyentes. Irremediablemente perfecto en mi humilde opinion. Dos
personas atadas por arte de magia. Como Tristán e Iseo. Literatura total. Atadas junto a su voluntad
con un nudo imposible. Seguramente por eso desde hace ya algún tiempo me he
vuelto de manera comprensible adicto incondicional a los nudos marineros, a pegarme a tus manos como lapa en la roca, a besarte constantemente para
llenar los huecos. Atarme a tu boca es el mejor atajo cuando llegamos tarde a ver
esconderse el sol por el horizonte. Nos encanta llegar tarde. La culpa es de la
playa. De hecho nos encanta la playa, y por eso solemos llegar tarde.
La playa es el opuesto perfecto del tiempo. Pregúntale a las
algas, nunca te responderán. Al igual que no hay explicación al vivo color
rojizo de aquella estrella de mar que descubrimos
mientras perseguíamos bancos de peces. La
playa no entiende de relojes y fuimos ruido para ella. Aunque no pasó el tiempo
cuando en silencio jugábamos a las cartas. Tú empiezas ganando. Sumas victorias
partida a partida e incluso me tienes ganado. Indiscutible ganadora
terminas siendo imbatible. Exagerarte es un gusto. Entre la burla y la medalla confiesas tus trampas.
Entonces como los niños exijo venganzas
y revanchas que sigo perdiendo incansable. Me idolatro por saber perder pero acabo
gruñendo por no entender tus atajos. Molesto por lo insignificante consigo
enfadarte y es entonces cuando corro apresurado a firmar la paz. Rezo para que no sea
demasiado tarde. Busco la broma fácil. Me disculpo arrepentido. Como un delantero oportunista me cuelo entre la defensa para marcar un gol
en fuera de juego. Besarte enfadada es tirar una moneda a cara o cruz. Se me hiela la sangre cuando sale cara y me
permites callarte. Puedes reírte todo lo que tú quieras del
eterno sudor de mi frente. Voy a seguir
aprovechando cada descuido para jugármelo a cara o cruz. Seguiré vendiendo lo
que haga falta por tu cuerpo desnudo, como un vendedor más de coches ocasión,
como los que suelen aparecer en películas americanas de los años 80.
No hay treguas
en nuestra lucha psicológica. No hay
pactos en el ritual. Adoro la provocación por la unión de dos cuerpos frágiles.
Hacerte el amor es volver a nacer, seguir creyendo y morir matando. Morir con
el mejor funeral posible: el orgasmo final. Ni los canticos de mil barras
bravas coreando tu nombre podrían llegar a confundir el significado que otorgo
a tu orgasmo final.
Seguimos en la playa. Continuamos jugando a las cartas. En un
aparente silencio parece que finjo cuando expongo mi preocupación. Ojala nos hubiéramos conocido antes. Ojala no seas
sueño. Ojala seamos verdad rompiendo barreras. Ojala conmigo infinito. Ojala aburrir tus tristezas, miedos y alegrías. Ojala seas real. Y me respondes poniendo mi mano en tu pecho desnudo al sol. Y yo
empiezo a creer hasta convertirme en creyente. Y entonces ya no
parece que haya llovido tanto desde entonces.

No hay comentarios:
Publicar un comentario